Tú y solo tú.
Yo y solo yo.
La distancia dolorosa y el inolvidable olvido.
Dos personas que se encuentran entre toda la multitud en un lugar al que nunca volverán.
Deseos que se apagan poco a poco y dolorosamente. Ilusiones que mueren desilusionadas ante la impotencia de algo imposible.
Llorar de rabia porque tienes que hacer lo correcto y no lo que te dice tu corazón.
Querer salir corriendo y dejar una vida, que tanto trabajo te ha costado montar, solo por un beso fugaz.
Esperar un día con tanta ansía, que nada sea tan importante como eso, y querer que corra el tiempo (que pasa más lento que nunca) y, cuando llega ese ansiadísimo día, querer matarlo y sentirte morir con cada golpe de segundero. Sentir que con cada “tic-tac” se va un soplo de tu vida, como si se sobreviniera la parca.
Morirte de tristeza y sentir como se parte tu corazón ante ese “adiós” tan odiado. Y, repetir como masocas millones de veces esta montaña rusa de sentimientos. Este sin vivir amoroso.
Pero la distancia y el olvido van de la mano correspondiéndose, ellos si, con su amor mutuo y, poco a poco, llegará el día en el que ese sin vivir pasional se convierta en una simple amistad.
Amistad con un amor latente pero apagado, que ya no es el mismo y puede que nunca vuelva a serlo… Es casi ley de vida, ¿no?
¿Quién no se ha enamorado así alguna vez? ...
… ¡Puto amor!

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