Te
miro… no sé porqué pero tu sonrisa tiene algo misterioso que me gusta. Te miro
pero no me ves mirarte.
Un bar de chicas vestidas para quitar el hipo y yo te miro
a ti… La chica del pantalón y la camiseta tan raros como infinitos. Sonrío ante lo extraño que
me resulta no tener ningún interés en ninguna otra falda, cuando las faldas
siempre me han hecho perder la cabeza.
Y gritas “¡Selfie!” y me pongo detrás de ti, paso mi mano por tu cintura y pego tu espalda a mi
pecho con tanta rapidez que ni yo misma soy consciente y me sonrojo… Una veintena de chicas en vestidos cortos nos rodean y a mí se me sale
el corazón por la boca porque te tengo así de cerca a ti, porque rodeo tu
cintura con mi brazo.
Pasa la
noche lentamente, bailo, bailas y una mirada se cruza en medio de la penumbra
seguida de una sonrisa y una mirada al suelo. Bebo otro trago de mi copa y
pienso en que no puede ser, te doy la espalda para hacerte desaparecer y sigo bailando más fuerte, más alto.
Pasan
unas copas y varias horas, me giro a pedir otra copa y te veo de lejos, camino al aseo. La sangre… o
quizá sea el alcohol... El caso es que algo me fluye tan fuerte por las venas que
hasta noto el corazón en la cabeza. Quiero ir, quiero entrar contigo al aseo,
quiero sentirte tan cerca que no sepa donde empiezas tú y termino yo… bebo otro
trago de mi copa y, sin saber cómo he llegado allí, me veo reflejada en un
espejo de esos mismos aseos a los que no quería ir. El corazón se me cae a los pies y, justo cuando me
dispongo a dar la vuelta para salir de allí, se abre la puerta de uno de ellos
y sales tú. Te quedas mirándome atónita con esa expresión de no esperar algo que a veces pones y, sin decir nada me miras nerviosa. Algo se apodera de
mi y, cuando vengo a ser consciente de lo que hago, estamos las dos dentro del
aseo... No recuerdo si te empujé o tiraste de mi. El caso es que estamos dentro y me das la espalda, no sé si piensas que así nada pasará, pero no dices
nada. Y yo, yo vuelvo a agarrarte por la cintura como en la foto de antes. Pego
mi cara a tu pelo y voy oliendo los rastros de colonia hasta tu cuello. Lo
acaricio con la punta de mi nariz, rozo mis labios suavemente por él y lo beso.
Tiro de tu camiseta y te descubro el hombro, lo beso también y vuelvo a subir
con pequeños bocados lentos hasta tu cuello. Respiras más rápido y doblas la
cabeza para que se me haga más fácil seguir mordiéndote.
Tu
espalda contra mi pecho, mi boca en tu cuello, mi mano izquierda se cuela bajo
tu camiseta y comienza a jugar por tu vientre, tus pechos… la derecha, por el contrario, se pierde
dentro de tu pantalón. Ya no sé si soy yo o tú quien respira más fuerte de las
dos. Te recuestas sobre mí y separas un poco más las piernas para hacerme más
fácil acariciar cada rincón de ti.
Un
soplo de cordura se apodera de mí y retrocedo hasta pegar mi espalda contra la
puerta de aquel aseo que olía a detergente: “así no” –te digo – “aquí no” y salgo de allí sin decir
nada más. Busco mi abrigo a toda prisa entre la torre de abrigos, me lo pongo y salgo del
bar. Sales del aseo. Salgo por la puerta.
Mi
mente bulle y se amontonan pensamientos de culpa, rabia y otros que ni si quiera sé que son. Por un lado me digo que ya no eres
nada mío: ya no hay roles que impidan que seas mía, por otro lado, no quiero
que la primera vez sea en un sucio aseo público, otra parte de mi conciencia me
grita que eso nunca me había importado antes, que esa era la oportunidad que
había estado esperando y que ya no iba a volver más... Quiero gritar "¡AAAHH!!".
Exactamente
no se hacía donde voy, deambuló rápido por las calles oscuras, de noche, perdida en mi
propia mente. Pido un cigarro a una pareja que pasa por allí y me siento en un
portal a tratar de sofocar mi corazón y mis ganas de volver a buscarte a ese
aseo.
No sé
porqué, pero fumar en ocasiones como esta, ayuda a que cada pensamiento vuelva
a su lugar. Miro el humo desvanecerse entre el frío de la noche y me quedo mirando fijamente, después, una carrera en mis medias que hace que me llene de nada, de vacío, de calma.
“Hace
frío” –Pienso al acabar el cigarro- “debería volver a casa y dejarme las gilipolleces de niñata de instituto. Ella es tu profesora, fin del argumento”
Vuelvo
a la puerta del bar, ando hacia la calle donde he
aparcado el coche y, a lo lejos, distingo tu figura apoyada en él. Me paro en
seco sin saber que hacer, sonrío nerviosa y sigo andando hacia ambos.
-“¿Bueno
que?” – me preguntas con una medio risa burlona subiendo los hombros y de brazos cruzados.
-“¿Qué
de qué?” –digo presa del pánico sin apenas mirarte y mientras busco las llaves en mi bolsillo.
-“Que
dónde me piensas llevar que llevo dos horas muriéndome de frío”- Las llaves se me caen al suelo, las recojo y abro el coche con el mando -"No te líes que no he tardado tanto"- respondo mientras me acerco a la puerta
para intentar abrirla, pero estás apoyada en ella con los brazos cruzados y no
me dejas.
-“¡¿¡Dónde quieres que te lleve!?! ,
mi pueblo está muy lejos y no conozco mucho Cartagena…” –añado demasiado cerca de ti otra vez
como para saber que decir. Me pone tan nerviosa tenerte tan cerca que, al darte
cuenta, sonríes burlonamente. Miro alrededor buscando caras conocidas y, al no ver ninguna,
apoyo mi mano sobre el coche, mi cuerpo sobre el tuyo y te beso. Un besito
corto, apenas rozar tus labios. Rodeo con ambos brazos tu pequeño cuerpo, sonreímos
y vuelvo a besarte, esta vez, un beso de verdad, un beso de deseo, de
arrancarse la ropa.
Decidimos
ir a un hotel. Subes tú primero, espero unos minutos tan nerviosa que se me
hacen eternos, recibo un whatsapp con el número de habitación y te sigo.
Toco a
la puerta y abres enseguida.
Sin si
quiera entrar, te agarro por la cintura y te beso. Entramos. Me quitas el
abrigo, yo a ti la camiseta. De un tirón, abres todos los corchetes de mi
vestido y lo dejamos caer al suelo. Tropiezo con él y nos reímos. Me empujas y
caigo sentada en la cama. Te quitas los pantalones y yo me quito las botas.
Ambas en ropa interior, la una frete a la otra, yo sentada y tu enfrente de mí,
mirándonos, haciéndonos con la mirada todo lo que aún las manos se mueren de ganas. Y,
así, recorriendo con la vista por un segundo nuestras casi desnudez… creo que
sientes que puede no gustarme tu cuerpo y me pides que apague la luz. De repente, la diferencia de edad se
te hace evidente. Lo leo en tu cara. Pero a mí me gustas así, me gustan las
mujeres así y no la apago.
Me
levando rápidamente y, cogiéndote del culo te subo de un salto sobre mí, ahora
rodeas con tus piernas mi cuerpo y te empujo contra la pared con tanta fuerza,
que hasta siento que te he hecho daño, y te miro durante un segundo para
asegurarme de que estás bien. Me arañas la espalda mientras muerdo lo que el
sujetador me deja de tus pechos. Desabrochas el mío que cae al suelo. Empujas
con tus piernas la pared, pierdo el equilibrio y ambas caemos en la cama.
Nos
reímos. Ahora tú estás sobre mí y yo no
hago otra cosa que mirar hacia arriba como te ríes. Te agachas a besarme y
ahora soy yo la que te quita el sujetador a ti. Me medio siento en la cama
mientras estás sentada a tu vez, sobre mí. Muerdo tu cuello, muerdo tus
hombros, tus pechos… Me agarras del pelo mientras intento doblarme y bajar lo más
allá que llego. Te agarro por debajo del culo y vuelvo a ponernos de pié. Te
dejo caer sobre la cama mientas siguen creciendo nuestras respiraciones. Yo,
con mi cuerpo entre tus piernas, vuelvo a besarte y voy bajando por él dándote
pequeños besos. Aprieto tus pechos y los beso, y dibujo un
camino desde ahí, hasta tu ombligo con mi lengua. Agarras mi cabeza y se te eriza
la piel.
Con mis
dientes agarro tus bragas y, ayudándome con las manos, te las voy quitando. Las
tiro lejos de nosotras, como si así jamás pudieras volver a ponerte otras. Como
si nunca pudieran volver a interponerse entre tú y yo.
Vuelvo
a besarte y a bajar por tu cuerpo con mi lengua, dibujando un camino que borro
con mis dedos detrás de mí. Al llegar con mi cara debajo de tu ombligo, abres
un poco más las piernas y, mientras me voy agachando hacia el centro de todo tu
cuerpo, te miro con una sonrisa pícara, me devuelves la sonrisa. Rozo apenas con
la punta de mi lengua tu clítoris y te estremeces. Ahí, con la cabeza entre tus
piernas, me rio y te miro. Me miras y vuelvo a repetir movimiento. Vuelves a
estremecerte y vuelvo a sonreírme. Me miras con cara de deseo y, esta vez, paso
a jugar con mi lengua y tu clítoris, la fuerza y la velocidad.
Te oigo
respirar, suspirar, querer más y más. Separo mi cara de tu cuerpo por un minuto
para chupar mis dedos, luego los mojo en ti y, mientras continuo con la pelea
de tu clítoris y mi lengua, los deslizo dentro de ti. Un grito sordo interrumpe
el sonido de tu respiración. Y ahí, mientras crece la intensidad de la lucha
entre tu cuerpo y el mío, mientras tus gritos hacen crecer más el fuego de mi
cuerpo, mientras aprietas mi cabeza contra ti y tiras de mi pelo, tú ganas la
guerra que pierde tu cuerpo.
Por un momento sigo entre tus piernas intentando
alargar tu placer el máximo tiempo que me es posible, luego, me limpio la cara
con una sábana y, recostándome junto a ti, te miro y te sonrio al ver que estás roja. Me miras aún exhausta
y también sonríes. Vuelvo a ensimismarme en tu desnudez y en los colores
rojizos que ahora dibujan tu cara, tu cuerpo y esos dos lunares tan interesantes que nunca había visto hasta hoy.
De repente, tu sonrisa se vuelve una cara
pícara, me tumbas en la cama bocarriba y te sientas sobre mí. Te inclinas para
besarme y volver a incendiar mi cuerpo – “No sabes cómo deseo tenerte dentro de
mí”
…. Y ahora eres tú la que se pierde por mi cuerpo y juega conmigo a
quitarme la voluntad a bocados.
Y pasó lo poco que dejamos de noche, hablando desnudas en la cama. Por un momento nos pudo el sueño... Hasta que el servicio de habitaciones tocó a la puerta.
Nos vestimos casi sin mirarnos por la prisa y en el ascensor rompimos a reír por la situación tan rara.
Y llegamos a la puerta. Esa puerta de reja negra que anunciaba la separación de nuestros caminos -"cuando te vea otra vez no podré mirarte a la cara de la vergüenza" - dices riéndote aún mientras haces la despedida real. Y yo, rodeándote por la cintura, delante de aquellos escalones de piedra te respondí- "Yo también recordaré esos dos lunares y lo maravilloso que ha sido hacerlos míos" -"Que idiota eres" - respondiste... y nos besamos abrazadas por última vez siendo NOSOTRAS para volver a ser TU y YO. La alumna y la exprofesora.
Y tantos meses después, cuando nos volvemos a ver, seguimos girando la cara para no tropezar miradas. Y, cuando tropiezan, a veces se nos escapa el hilo de la conversación o nos sonrojamos... Porque ni tu olvidas mi fuego ni yo tus lunares.