Mis lágrimas del corazón y otras paranoias

domingo, 25 de abril de 2010

Mi experiencia Erasmus

Me han pedido que escriba para mañana algo sobre mi experiencia Erasmus en Noruega, cosa que me ha parecido difícil y, si a esto le sumamos que tengo que resumir lo que aprendí, sentí y viví durante tres meses a unas simples palabras, ¡la encomienda es imposible!

Bueno, comenzaré describiendo como me sentí cuando me anunciaron que me iba a Noruega y luego ya veremos.

Al principio mi espíritu aventurero se apoderó de mí y me sentía expectante ante tal acontecimiento. Pero después, el dragón del miedo a lo desconocido, que todos llevamos dentro y yo no iba a ser menos, emergió con su voz ronca para cumplir su función. Entonces comenzó a escupir millones de llamas contra mi a modo de “Y sis” que hacían flaquear esa ilusión: “¿Y si me pasa algo malo?, ¿Y si no me tratan bien?, ¿Y si me quedo sin dinero?, ¿Y si me muero de frio?”... Al poco supe que no iba sola, que otra compañera, igual de loca que yo, compartiría este viaje conmigo… Entonces pensé: “Si no soporto aquello siempre puedo volver, mi familia siempre estará aquí, y los aviones no dejan de volar” (menos mal que entonces no sabía lo de la intolerancia de los aviones a los volcanes). Aun así, la batalla con el dragón duró tanto como el tiempo que duró la espera, porque, los “Y sis” me miraban desde tierra mientras el avión se perdía en el aire.

Una vez allí mi compañera y yo no podíamos dejar de emitir “¡ALAS!”, “¡GUAUS!”… y otras expresiones similares de asombro, al ver acumulada junta tanta nieve. Al llegar a la residencia buscamos las habitaciones y, como es natural, comenzamos a indagar buscando la cocina, los aseos y demás. Pero, después de un día tan lleno de emociones, estábamos tan cansadas que pronto nos fuimos a dormir.

Como llegamos una semana antes (para aclimatarnos y nunca mejor dicho) el plan era ir conociendo la ciudad y, lo más importante de todo: la localización de nuestros museos. Así, el primer día salimos a explorar y, cuan recién llegadas, a buscar comida. Pero para buscar comida primero necesitábamos dinero y esa fue nuestra primera aventura: buscar un cajero y sacar dinero. …La primera parte (la de buscar un cajero) superada y, la segunda (sacar dinero) nos resultó un poco difícil puesto que, el cajero, aburrido porque con esto de la crisis nadie va a visitarlo últimamente, decidió entretenerse a mi costa y se tragó la tarjeta. Lo mejor fue vernos recién llegadas, hablando inglés inventado y sin conocimiento alguno de Noruego, explicándole a uno (que ahora creo que era botones y no segurata) que el cajero se había tragado mi tarjeta. Al final, después de que el tío me dijera ochenta veces que para sacar mi coche del Parquin tenía que pagar otra vez, desistí, le di las gracias educadamente y regresé junto a mi compañera que montaba guardia junto al cajero. Este cuando me vio llegar, después de mas de un cuarto de hora de retención, por fin la soltó. Esta fue nuestra primera aventura monetaria… ahora recomendamos a futuros visitantes que se traigan mas de una por si también se encuentran con un cajero tan cachondo como el nuestro.

Tras unos días de adaptación, resbalones y caídas (por el hielo del suelo), por fin conocimos a nuestro contacto allí: Kirsten. La verdad es que es una señora muy maja, desde el primer momento nos facilitó horarios de autobuses, nos explicó un poco la moneda de allí (Corona Noruega o “Krona”), el paisaje y sus costumbres… Y nos ofreció su ayuda en todo lo que fuera necesario… ¡incluso nos ofreció dinero si nos faltaba! ¡Ah!, y lo más importante: nos dijo que eso de dar dos besos era raro para ellos, que allí se daba la mano… En ese momento entendimos muchas cosas y caras de asombro.

Llegó el momento de conocer y empezar a trabajar en los museos. Nos dieron a elegir cuál museo preferíamos entre las dos opciones y nosotras, como no se nos ocurrió otra forma más razonable de hacerlo, lo echamos a “Pito Pito Gorgorito” delante de todo el mundo. Al final a mi compañera le tocó irse a otro pueblo a trabajar en un museo textil (“Salhus Textil Museum”) y a mí me tocó quedarme en Bergen (la ciudad donde vivíamos) en un museo llamado “Hanseatic Museum”. Al principio esto de estar completamente solas nos asustaba, pero después lo agradecimos porque nos dio más soltura con el idioma y a la hora de desenvolvernos allí. Ahora lo recomendamos para futuros visitantes.

En mi museo predominábamos las féminas, así estaban: Kari, Helda, Trine, Heidi y Marco.

Marco era el jefe y, para hace honor a la verdad, no me gustaba mucho su “exquisitez” con las cosas pero no era mal tipo y siempre estaba intentando hacerme reir (lo malo es que yo nunca pillaba sus chites). Luego le seguía Helda (que después de tres meses aun no se si se escribe “Hilda” o “Helda” pero bueno) que era como la sub-jefa. Helda era como mi tía Noruega: me llevaba a conocer sitios nuevos, a patinar sobre hielo, a deslizarme por cuestas de nieve con su familia… Siempre haciéndome reír y siempre riéndose ella también.

Trine era la intermitente porque casi nunca estaba pero, cuando lo hacía, me ayudaba en lo posible e intentaba hablarme en español para que yo no siguiera destrozando el inglés.

Heidi era mi tutora, aunque realmente todas lo eran, pero digamos que era la que respondía por mí. Ella era para mí mi abuela Noruega porque me consentía en todo: me regalaba cosas todo el rato para mi y mi familia, organizaba cenas con su familia para presentarnos, ¡hasta un día me regaló dinero haciéndome prometer que me lo iba a gastar en souvenirs para mi familia! Era súper dulce y atenta conmigo y con Edurne.

Y Kari… ¿Qué puedo decir de mi cotutora? Es con la que mas tiempo he pasado allí. Desde el primer momento me acogió como si me conociera de toda la vida invitándome a conciertos y cenas con sus amigas. Me ofreció su casa para vivir al quedarme sola en Bergen e interminables días de tertulias arreglando nuestras vidas y el mundo.

Desde el primer día, todas me ayudaron a integrarme dándome la sensación de cercanía, como si aun estuviera en casa. No me descuidaban ni un momento y siempre estaban pendientes de que no me faltara de nada y de que hiciera cosas nuevas.

Por todo ello, quería que también aparecieran en este texto, este es mi pequeño homenaje por todo. (¡¡¡GRACIAS!!!)

Bueno… dejemos atrás los sentimentalismos y retomemos la experiencia en sí.

En el museo la verdad es que no me mataba precisamente a trabajar. Entre semana, que si traducciones de textos para los turistas de inglés a español, que si arreglos de pequeños desperfectos dentro del museo… Y los martes los pasaba con Kari en la recepción del museo vendiendo entradas, explicando las normas del museo, resolviendo posibles dudas y haciendo cuestionarios a los visitantes (cosa que elegí hacer yo para mejorar mi inglés y conocer el sector de población que más nos visitaba). Un par de veces incluso debuté como guía del museo.

Un día nos propusieron si queríamos dar charlas a algunas clases de instituto que estaban aprendiendo español, sobre España y nuestra experiencia en Bergen. A nosotras, nos salió la vena “animadora” y aceptamos el encargo. Nos preparamos nuestro powerpoint con dinámicas (para que no estuvieran oyéndonos hablar todo el rato) y lo pusimos en práctica. ¡¡Cuánto nos acordamos de Tula y su “feedback”!! Y, aunque uno de un grupo se nos durmió, la verdad es que todo salió perfecto y nos felicitaron mucho por ello… ¡algunos profesores hasta repitieron!

Para concluir, decir que Bergen es una ciudad que no parece ser tan grande como en realidad es. Y no solo sus paisajes son hermosos, también toda la gente que nos fuimos encontrando por el camino nos trataron cercanamente (aquí rompo el mito de que la gente del norte es fría). Tanto mi compañera como yo, tenemos previsto volver pronto a repetir muchas experiencias y vivir otras nuevas que aun aguardan ser vividas.