Mis lágrimas del corazón y otras paranoias

martes, 30 de diciembre de 2014

A Cynthia con todo mi amor:

Creía que al dejarte, parte de mi iba a desaparecer, que pasarían los días y seguiría sintiéndome igual de rota que cuando esa noche dejé tu casa cargada con todo mi mundo material. Nunca lloré pero estaba destrozada por dentro. Me dolía tanto que no era aún capaz ni de llorar.

Durante la siguiente semana no dejaba de pensar que debería haber luchado un poco más por aquello, que debería haberme quedado, que estaba abandonando, que siempre había considerado que abandonar era de cobardes y yo estaba abandonando mi lucha, que debería volver, que os iba a echar de menos tantísimo… Todo autorreproches que hacían que aún me destrozara más de lo rota que ya estaba.

La semana siguiente a esa la pasé mejor: empecé a ver que lo nuestro estaba estancado, que así nunca íbamos a dejarnos ser felices ninguna de las dos, que más vale una vida sola que una vida llena de un falso amor, que dejarías de doler, me olvidarías y serías feliz con otra… Los autorreproches pasaron a ser verdades con que mi conciencia intentaba arreglar lo roto y, poco a poco, se hicieron verdades tan grandes dentro de mí que callaron casi todos esos reproches. Supe entonces que mis sospechas eran ciertas, que otra ya ocupaba tu corazón, que me mentías negándome lo que yo veía. Me mentiste…. y creo que lo hiciste porque no querías enfrentarte a ese sentimiento entonces… o quizá sea que yo quiero pensar eso para que no duela ya y sea más fácil perdonarlo. No sé. 

Entonces volviste a romperme, comprendí que alguien que deja de querer tan rápido para enamorarse de otra persona, en realidad nunca quiso de verdad. Comprendí que, al igual que yo, tenías derecho a ser feliz y, aunque no fuera a mi lado, serías feliz con otra. Me dolió pensar que yo no iba a ser ya la causante de tu felicidad, de tus risas y sonrisas, ni ya podría estar ahí para otras tantas cosas a las que ya había perdido el derecho, que ahora era suyo, su tiempo. Pero te imaginé feliz a su lado, más feliz incluso de lo que jamás he podido hacerte yo. Os imaginé enamoradas y creciendo la una en la otra, llenas de complicidad y tú llena de felicidad, plena. Y, supongo que he debido de quererte muchísimo, porque imaginarte así de plena a su lado, me hizo sentir feliz. Feliz con una alegría de esas ácida sí, pero feliz, feliz por ti, porque tú lo eras. Aunque, a pesar de esa felicidad, mi corazón seguía roto. Destrozado. Comprendí esa noche que necesitaba tiempo lejos de ti, que no estuvieras, que desaparecieras y así te lo pedí. Te negaste, me negaste la única cosa que te he pedido de corazón en nuestros dos años juntas. Alegaste que no podías alejarte de mí así, que aún me querías a pesar de no amarme ya y que necesitabas que formara parte de tu vida. Pero yo seguía necesitando ese tiempo sin ti, para soltarte, para respirar, para seguir viviendo y empezar otra vez a construir mi vida sin ti. Y sabía exactamente lo que tenía que hacer para alejarte de mí: conociendo tus puntos débiles y lo fácil que es herir tu orgullo, nada como hacerte daño para que me dejaras soltarte, (tal como te prometí que haría llegado el momento cuando aún no éramos ni pareja). Entonces supe que no habría vuelta atrás. Que si hacía aquello ya nada volvería a ser como antes. Que no iba a ser posible una amistad, y aquella noche si lloré, lloré hasta la desconsolación por el daño que sabía que iba a hacerte. Y te lo hice, ya no había marcha atrás. Te hice daño a ti y me destrocé yo. Pero a veces es necesario destrozarse para poder empezar de nuevo.

Efectivamente, tu reacción fue la esperada, excepto porque metiste por medio de ti y de mí a las niñas y de eso nunca te creí capaz, aunque tampoco me extrañó, sí que me dolió, pero supongo que ellas habrían seguido siendo un nexo entre tú y yo que jamás te habría permitido no estar realmente. Aún hoy las echo de menos, pero supongo que dejaré de hacerlo. Todo pasa y todo deja de doler y más si hay tanta ausencia de por medio.

En cuanto a ti, siempre guardaré la esperanza de que algún día futuro, cuando tu vida y la mía hayan estado separadas lo suficiente para que el daño que nos hicimos no duela ya, entonces, vuelvas a mi vida y podamos recordar buenos momentos con un café y hablar de lo que nos hemos perdido la una de la otra, de nuestras vidas. Ponernos al día y vivir entonces la amistad que ahora no podemos tener. Lo deseo de corazón… eso y que seas feliz. Que te quieran y quieras con locura y que no te falte nunca nada para ser feliz.

Ojalá hubiéramos sabido terminarlo todo mejor, o hacer las cosas para que nada hubiera terminado. Creo que, después de lo vivido, no nos merecíamos ese final.

Sé que tendrás un hueco dentro de mi destrozado corazón por siempre y la promesa de ese “SIEMPRE” que te prometí la mantendré también porque no puedo no estar para alguien que se que querré siempre, ni tampoco quiero… quizá soltar tu mano, aún amándote así, fue la manera que tuve de demostrarte lo mucho que te quería, mi regalo para ti y para mi.

Pase lo que pase, te recordaré, ¿me recordarás tú a mí?

#SIEMPRE



lunes, 8 de diciembre de 2014

El miedo es mutuo

Eres tan bonita… y tus ojos me dicen que te han hecho tanto daño… Tus ojos. Hasta que no los vi en persona no supe exactamente lo bonitos que eran, y son preciosos. Tan tristes y llenos de vida a la vez. Tan brillantes cuando sonríes pero tan profundos y tristes cuando no.
Me cuentas que tienes miedo y que no sabes exactamente de qué. A mí también me da un miedo espantoso sentir el principio de lo que siento, pero hace años que tomé la decisión de no dejar que el miedo gobierne mis pasos.

¿Qué me da miedo a mí? Pues me das miedo tú, si, toda tú al completo. Me da miedo enamorarme de tu risa, no soportar estar tan lejos de tu olor y querer ser yo el viento que mueva tu pelo. Me da miedo que no estés, o que estés distante. Que estés triste y que yo pueda ser la causa. Que llores y no sea por mí…. Me das miedo tú. Toda tú.

Verte reír me hace feliz. Me llena de una sensación buena que me recorre de pies a cabeza y explota y se hace grande en mi pecho. ¿No lo viste? No podía dejar de sonreír ni un solo momento cuando nos vimos e intenté pasar más tiempo con tus amigos para no agobiarte.


Y pienso que hace solo tres meses que he dejado otro trozo de mi corazón, que no es tiempo suficiente, que no debería… Que tu corazón tampoco está completo, que me voy a dar una hostia que no tengo necesidad de darme ahora mismo, etc. Y, entonces me propongo dejarlo estar, no hacer más chispa porque me da miedo encender una llama que luego queme y duela. Me propongo alejarme de ti, estar distante, no hablarte hasta que tú lo hagas: “a lo mejor hoy no me habla. A lo mejor hoy está ocupada y se olvida de mi” – pienso para convencerme de que hago lo correcto. Pero siempre apareces. Siempre haces de mis mañanas algo bonito por el simple hecho de estar ahí, al otro lado del whatsapps. Y deseo llegar a casa de clases solo para que me cuentes tus cosas, para hablar contigo… Llenas mis días de ilusión y eso me da fuerzas y, justo ahora que sentía que lo había perdido todo otra vez, tenerte a ti para iluminarme el camino con una sonrisa diaria es un regalo. Eres un pequeño ángel que llegó a mi vida justo en el momento que mi alma más te necesitaba.


Y me paro a mirar mi vida, me paro a mirar la gente que me rodea y a las que quieren una oportunidad de mi corazón o de mi cama pero, no sé porqué, solo te la daría a ti. ¿Qué tienes tú de diferente, de especial? Tampoco nos conocemos tanto como para sentir esto por ti. ¡Si solo nos hemos visto en persona una vez! ¿Por qué tu? No lo entiendo.

Y no quiero hacerte daño, es la última cosa que quiero en este mundo. Pero me gustas, eso es indiscutible. Me gustas tanto que dejaría que robases mi corazón y mi cama. Que te dejaría conocer todo de mí: mi pasado, mi presente y un futuro que podría compartir contigo.


Pero de momento somos amigas y yo me muero por darte un beso, por abrazarte y que te dejes abrazar, porque puedas corresponder algún día lo que siento por ti.


Por eso, y atendiendo a las fechas que estamos, solo puedo decirte que, pase lo que pase, para navidad te quiero a ti.


jueves, 4 de diciembre de 2014

Tu ganas

             Siempre me han parecido tristes esas parejas que, al romper, se destrozaban mutuamente y utilizaban en esas guerras, cualquier arma que tuvieran para hacerse daño el uno al otro: reproches, amigos, objetos, niños… cualquier cosa que compartieran antes, ahora pasaba a ser un arma capaz de herir al otro y, cuando más doliera, mejor.

En cuanto a ti y a mí, si ya me parecía triste terminar algo que fue tan bonito tan mal, más triste me parece que se usen a unas niñas como "arma" para hacer daño a la otra persona: a mí.


Podría entrar en tu guerra, devolverte el disparo con una bomba que te fulminase sin más… con solo mover un dedo podría destrozarte y ni si quiera lo sabes. No eres consciente. Pero no, no soy como tú. El daño que te he hecho ha sido intencionado y mis balas solo apuntaron hacia ti con un fin… con un fin y por una razón que, quizá algún día, puedas ver y entiendas.

Jamás pensé que caerías tan bajo como para atacarme con las niñas, que sí, han sido, son y serán siempre tuyas, pero sabes lo que significaban para mí. Lo sabías y yo te creía diferente y con más moral que el resto.

Has utilizado la carta de tus hijas para hacerme daño… la única carta que estaba prohibida utilizar en todo este juego y la has usado. Aún no me lo creo. Jamás te creí capaz de algo así.
¿Y sabes qué? Que podría ponerme a tu nivel: sacar a la luz cosas que se supone no debería tener (documentos, fotos, vídeos..), hablar con gente que podrían destrozarte la vida con solo saber lo nuestro… y tantas cartas más que tengo en la manga que te harían caer en la más oscura miseria. Pero no, no soy como tú. Por mucho que me duela lo que has hecho y te odie ahora mismo, no voy a hacerte daño solo por el placer de verte sufrir o porque esté dolida. Y, ¡fíjate! Podría… pero no, te he querido demasiado y creo que ese amor se merece un respeto, aunque tú te empeñes en destrozar cada recuerdo bonito que tengo de ti.

No me voy a poner a tu nivel. Si esto es una guerra, la has ganado tú. Me rindo.
Espero que, de verdad, seas feliz.


miércoles, 3 de diciembre de 2014

De abrir los ojos y otros reproches

         Abrir los ojos una noche y darte cuenta de que nada ha sido durante dos años lo que ha aparentado ser. Y que lluevan las miserias de algo que está roto y sin arreglo: un corazón sustituyó el objeto de su amor y otro se rompió. ¿Acaso hay pegamento más fuerte que el amor? ¿Qué pasa cuando ese pegamento ya no pega?... Intentos de llevarnos bien frustrados en conversaciones impersonales donde todo se mal interpreta y los egos siempre son más grandes que el del, antes amante, ahora adversario. Y más reproches aún... hasta sin ganas o enfado reprochamos ya. ¿Para qué? o... quizá lo más importante: ¿De que sirve ya?, ¿Para que sirve un reproche?... A estas alturas, y siendo poco amiga de reprochar nada, se confirma mi teoría de que "para nada más que hacer daño". Y yo, después de lo vivido, no quiero hacerte daño... ni quiero que tú me lo hagas a mí. Ahora es un simple y llano "no quiero", porque eso es, son pequeños "ya no te quiero" llenos de rabia y de dolor. Nunca fui amiga de reproches. Pero últimamente haces brotar lo peor de mí, lo peor de quien soy... y creo que es porque, en parte, aún te quiero... y la verdad es que no quiero dejar de quererte nunca, quiero estar ahí a pesar de todo... pero sigue siendo más "fácil" reprochar algo que desnudar un corazón y hacerlo humano. Y, a pesar de quererte para SIEMPRE, necesito que no estés por un tiempo, seguir mi vida, recordar que te quise y olvidar que te quiero.
Después de dos meses, aún no soy tan fuerte para alejarme del todo de ti, ni tú lo eres para ser del todo egoísta tampoco.

Nos quisimos (pretérito perfecto)... o quizá imperfecto. Debió ser esto último para terminar así: haciéndonos daño gratuitamente, sin llegar a ningún lado más que el discutir por el discutir.
Pero bueno... todo pasa en la vida y tú, quieras o no, serás otra pequeña cicatriz de mi corazón. Otra pequeña sonrisa en mis recuerdos, a pesar de todo, porque sigo quedándome con esos momentos tan buenos que ya tan lejanos parecen estar.

Pero lo importante de todo esto es y siempre será, poder abrir los ojos en el momento correcto y sentir que, de nuevo, la vida vuelve a comenzar :)



miércoles, 26 de noviembre de 2014

No quiero ser tu princesa (M)

No, no voy a ser tu princesa, no soy de esas de los cuentos Disney.
No quiero que seas mi “príncipe”, que me compres cosas caras, que me mantengas, ni vivir en tu castillo.
No necesito que me rescates de ningún lado: se cuidarme sola y, claramente, puedo vivir sin ti porque llevo 25 años haciéndolo.
No quiero que arregles los pedazos rotos de mi corazón, ni que aprendas a quererme con todas mis manías.
No, no soy una princesa, ni llevo sangre diferente a la tuya, ni si quiera tengo corona de oro porque hace años que la perdí y, yo misma, me hice una con los trocitos puntiagudos y rotos de mi corazón. Una corona que a veces pesa pero que tampoco quiero que lleves tú por mí.
 No, no voy a ser tu princesa. Ni tampoco quiero que tú seas la mía.
En nuestras primera cita no quiero llevarte flores, ni cenar contigo en el mejor restaurante que conozcamos, no, no quiero eso. Yo quiero llevarte a mi cama y destrozarte a mordiscos y besos,  hacerte todo lo que mi retorcida mente imagina que te hago sin ropa y disfrutar ambas ese momento de placer.

Vivo sin vivir en mí por colarme en los huecos de tu cuerpo, por una mirada que me diga: “adelante”, por un sabor en mi boca que se que solo tú tienes, por ti y por delinear con mi lengua todo tu cuerpo. Quiero desgastarte contra el mío y que solo tengas tú la llave de mi ser.



martes, 25 de noviembre de 2014

Apagando el gas (M)

Te miro… no sé porqué pero tu sonrisa tiene algo misterioso que me gusta. Te miro pero no me ves mirarte.

Un bar de chicas vestidas para quitar el hipo y yo te miro a ti… La chica del pantalón y la camiseta tan raros como infinitos. Sonrío ante lo extraño que me resulta no tener ningún interés en ninguna otra falda, cuando las faldas siempre me han hecho perder la cabeza.
Y gritas “¡Selfie!” y me pongo detrás de ti, paso mi mano por tu cintura y pego tu espalda a mi pecho con tanta rapidez que ni yo misma soy consciente y me sonrojo… Una veintena de chicas en vestidos cortos nos rodean y a mí se me sale el corazón por la boca porque te tengo así de cerca a ti, porque rodeo tu cintura con mi brazo.

Pasa la noche lentamente, bailo, bailas y una mirada se cruza en medio de la penumbra seguida de una sonrisa y una mirada al suelo. Bebo otro trago de mi copa y pienso en que no puede ser, te doy la espalda para hacerte desaparecer y sigo bailando más fuerte, más alto.

Pasan unas copas y varias horas, me giro a pedir otra copa y te veo de lejos, camino al aseo. La sangre… o quizá sea el alcohol... El caso es que algo me fluye tan fuerte por las venas que hasta noto el corazón en la cabeza. Quiero ir, quiero entrar contigo al aseo, quiero sentirte tan cerca que no sepa donde empiezas tú y termino yo… bebo otro trago de mi copa y, sin saber cómo he llegado allí, me veo reflejada en un espejo de esos mismos aseos a los que no quería ir. El corazón se me cae a los pies y, justo cuando me dispongo a dar la vuelta para salir de allí, se abre la puerta de uno de ellos y sales tú. Te quedas mirándome atónita con esa expresión de no esperar algo que a veces pones y, sin decir nada me miras nerviosa. Algo se apodera de mi y, cuando vengo a ser consciente de lo que hago, estamos las dos dentro del aseo... No recuerdo si te empujé o tiraste de mi. El caso es que estamos dentro y me das la espalda, no sé si piensas que así nada pasará, pero no dices nada. Y yo, yo vuelvo a agarrarte por la cintura como en la foto de antes. Pego mi cara a tu pelo y voy oliendo los rastros de colonia hasta tu cuello. Lo acaricio con la punta de mi nariz, rozo mis labios suavemente por él y lo beso. Tiro de tu camiseta y te descubro el hombro, lo beso también y vuelvo a subir con pequeños bocados lentos hasta tu cuello. Respiras más rápido y doblas la cabeza para que se me haga más fácil seguir mordiéndote.
Tu espalda contra mi pecho, mi boca en tu cuello, mi mano izquierda se cuela bajo tu camiseta y comienza a jugar por tu vientre, tus pechos…  la derecha, por el contrario, se pierde dentro de tu pantalón. Ya no sé si soy yo o tú quien respira más fuerte de las dos. Te recuestas sobre mí y separas un poco más las piernas para hacerme más fácil acariciar cada rincón de ti.

Un soplo de cordura se apodera de mí y retrocedo hasta pegar mi espalda contra la puerta de aquel aseo que olía a detergente: “así no” –te digo – “aquí no” y salgo de allí sin decir nada más. Busco mi abrigo a toda prisa entre la torre de abrigos, me lo pongo y salgo del bar. Sales del aseo. Salgo por la puerta.

Mi mente bulle y se amontonan pensamientos de culpa, rabia y otros que ni si quiera sé que son. Por un lado me digo que ya no eres nada mío: ya no hay roles que impidan que seas mía, por otro lado, no quiero que la primera vez sea en un sucio aseo público, otra parte de mi conciencia me grita que eso nunca me había importado antes, que esa era la oportunidad que había estado esperando y que ya no iba a volver más... Quiero gritar "¡AAAHH!!".
Exactamente no se hacía donde voy, deambuló rápido por las calles oscuras, de noche, perdida en mi propia mente. Pido un cigarro a una pareja que pasa por allí y me siento en un portal a tratar de sofocar mi corazón y mis ganas de volver a buscarte a ese aseo.

No sé porqué, pero fumar en ocasiones como esta, ayuda a que cada pensamiento vuelva a su lugar. Miro el humo desvanecerse entre el frío de la noche y me quedo mirando fijamente, después, una carrera en mis medias que hace que me llene de nada, de vacío, de calma.

“Hace frío” –Pienso al acabar el cigarro- “debería volver a casa y dejarme las gilipolleces de niñata de instituto. Ella es tu profesora, fin del argumento”

Vuelvo a la puerta del bar, ando hacia la calle donde he aparcado el coche y, a lo lejos, distingo tu figura apoyada en él. Me paro en seco sin saber que hacer, sonrío nerviosa y sigo andando hacia ambos.

-“¿Bueno que?” – me preguntas con una medio risa burlona subiendo los hombros y de brazos cruzados.

-“¿Qué de qué?” –digo presa del pánico sin apenas mirarte y mientras busco las llaves en mi bolsillo.

-“Que dónde me piensas llevar que llevo dos horas muriéndome de frío”- Las llaves se me caen al suelo, las recojo y abro el coche con el mando -"No te líes que no he tardado tanto"- respondo mientras me acerco a la puerta para intentar abrirla, pero estás apoyada en ella con los brazos cruzados y no me dejas.

-“¡¿¡Dónde quieres que te lleve!?! , mi pueblo está muy lejos y no conozco mucho Cartagena…” –añado demasiado cerca de ti otra vez como para saber que decir. Me pone tan nerviosa tenerte tan cerca que, al darte cuenta, sonríes burlonamente. Miro alrededor buscando caras conocidas y, al no ver ninguna, apoyo mi mano sobre el coche, mi cuerpo sobre el tuyo y te beso. Un besito corto, apenas rozar tus labios. Rodeo con ambos brazos tu pequeño cuerpo, sonreímos y vuelvo a besarte, esta vez, un beso de verdad, un beso de deseo, de arrancarse la ropa.

Decidimos ir a un hotel. Subes tú primero, espero unos minutos tan nerviosa que se me hacen eternos, recibo un whatsapp con el número de habitación y te sigo.

Toco a la puerta y abres enseguida.

Sin si quiera entrar, te agarro por la cintura y te beso. Entramos. Me quitas el abrigo, yo a ti la camiseta. De un tirón, abres todos los corchetes de mi vestido y lo dejamos caer al suelo. Tropiezo con él y nos reímos. Me empujas y caigo sentada en la cama. Te quitas los pantalones y yo me quito las botas. Ambas en ropa interior, la una frete a la otra, yo sentada y tu enfrente de mí, mirándonos, haciéndonos con la mirada todo lo que aún las manos se mueren de ganas. Y, así, recorriendo con la vista por un segundo nuestras casi desnudez… creo que sientes que puede no gustarme tu cuerpo y me pides que apague la luz. De repente, la diferencia de edad se te hace evidente. Lo leo en tu cara. Pero a mí me gustas así, me gustan las mujeres así y no la apago.

Me levando rápidamente y, cogiéndote del culo te subo de un salto sobre mí, ahora rodeas con tus piernas mi cuerpo y te empujo contra la pared con tanta fuerza, que hasta siento que te he hecho daño, y te miro durante un segundo para asegurarme de que estás bien. Me arañas la espalda mientras muerdo lo que el sujetador me deja de tus pechos. Desabrochas el mío que cae al suelo. Empujas con tus piernas la pared, pierdo el equilibrio y ambas caemos en la cama.
Nos reímos. Ahora tú estás sobre mí y yo no hago otra cosa que mirar hacia arriba como te ríes. Te agachas a besarme y ahora soy yo la que te quita el sujetador a ti. Me medio siento en la cama mientras estás sentada a tu vez, sobre mí. Muerdo tu cuello, muerdo tus hombros, tus pechos… Me agarras del pelo mientras intento doblarme y bajar lo más allá que llego. Te agarro por debajo del culo y vuelvo a ponernos de pié. Te dejo caer sobre la cama mientas siguen creciendo nuestras respiraciones. Yo, con mi cuerpo entre tus piernas, vuelvo a besarte y voy bajando por él dándote pequeños besos. Aprieto tus pechos y los beso, y dibujo un camino desde ahí, hasta tu ombligo con mi lengua. Agarras mi cabeza y se te eriza la piel.
Con mis dientes agarro tus bragas y, ayudándome con las manos, te las voy quitando. Las tiro lejos de nosotras, como si así jamás pudieras volver a ponerte otras. Como si nunca pudieran volver a interponerse entre tú y yo.

Vuelvo a besarte y a bajar por tu cuerpo con mi lengua, dibujando un camino que borro con mis dedos detrás de mí. Al llegar con mi cara debajo de tu ombligo, abres un poco más las piernas y, mientras me voy agachando hacia el centro de todo tu cuerpo, te miro con una sonrisa pícara, me devuelves la sonrisa. Rozo apenas con la punta de mi lengua tu clítoris y te estremeces. Ahí, con la cabeza entre tus piernas, me rio y te miro. Me miras y vuelvo a repetir movimiento. Vuelves a estremecerte y vuelvo a sonreírme. Me miras con cara de deseo y, esta vez, paso a jugar con mi lengua y tu clítoris, la fuerza y la velocidad.

Te oigo respirar, suspirar, querer más y más. Separo mi cara de tu cuerpo por un minuto para chupar mis dedos, luego los mojo en ti y, mientras continuo con la pelea de tu clítoris y mi lengua, los deslizo dentro de ti. Un grito sordo interrumpe el sonido de tu respiración. Y ahí, mientras crece la intensidad de la lucha entre tu cuerpo y el mío, mientras tus gritos hacen crecer más el fuego de mi cuerpo, mientras aprietas mi cabeza contra ti y tiras de mi pelo, tú ganas la guerra que pierde tu cuerpo. 
Por un momento sigo entre tus piernas intentando alargar tu placer el máximo tiempo que me es posible, luego, me limpio la cara con una sábana y, recostándome junto a ti, te miro y te sonrio al ver que estás roja. Me miras aún exhausta y también sonríes. Vuelvo a ensimismarme en tu desnudez y en los colores rojizos que ahora dibujan tu cara, tu cuerpo y esos dos lunares tan interesantes que nunca había visto hasta hoy.


De repente, tu sonrisa se vuelve una cara pícara, me tumbas en la cama bocarriba y te sientas sobre mí. Te inclinas para besarme y volver a incendiar mi cuerpo – “No sabes cómo deseo tenerte dentro de mí” 
…. Y ahora eres tú la que se pierde por mi cuerpo y juega conmigo a quitarme la voluntad a bocados. 


Y pasó lo poco que dejamos de noche, hablando desnudas en la cama. Por un momento nos pudo el sueño... Hasta que el servicio de habitaciones tocó a la puerta.
Nos vestimos casi sin mirarnos por la prisa y en el ascensor rompimos a reír por la situación tan rara. 
Y llegamos a la puerta. Esa puerta de reja negra que anunciaba la separación de nuestros caminos -"cuando te vea otra vez no podré mirarte a la cara de la vergüenza" - dices riéndote aún mientras haces la despedida real. Y yo, rodeándote por la cintura, delante de aquellos escalones de piedra te respondí- "Yo también recordaré esos dos lunares y lo maravilloso que ha sido hacerlos míos" -"Que idiota eres" - respondiste... y nos besamos abrazadas por última vez siendo NOSOTRAS para volver a ser TU y YO. La alumna y la exprofesora.






Y tantos meses después, cuando nos volvemos a ver, seguimos girando la cara para no tropezar miradas. Y, cuando tropiezan, a veces se nos escapa el hilo de la conversación o nos sonrojamos... Porque ni tu olvidas mi fuego ni yo tus lunares.