...Y apareces de la nada y mi mundo se sorprende, se sonroja, se queda
atónito y mudo.
No lo esperaba, pero cuántas noches, hace años, soñaba justo con este
sentimiento de sorpresa y felicidad que ahora me paraliza.
A veces se puede
sentir miedo y estar feliz a la vez.
Pero el caso es que has vuelto... Y soy
totalmente consciente de que, igual que has aparecido así, de la nada, también
de repente y sin más, te irás: nunca te quedaste lo que yo hubiese querido,
pero si lo suficiente como para levantar la costra de tu herida.
Se desde siempre que para ti no soy nada... O quizá me viste como aquella
persona que nos alaga pero que no le damos mayor importancia: a todos nos gusta
sentirnos alagados, sentirnos bien. Como ese enamorado que te corteja por el
que no se siente nada, pero nos hace gracia y lo dejamos seguir con su ilusión.
Eso fui para ti.
Yo, en cambio, te adoraba como se adora a un dios, y no, no es blasfemar
decir eso, porque para mí, eras la creadora de todo lo que habitaba en mi
mundo: lo más luminoso y lo más triste.
Siempre tú: tan oscura y brillante a la vez... Y esa sonrisa (tan triste
casi siempre) que hacía que el corazón explotara dentro de mi pecho en mil
colores.
Mirarte hacer cualquier cosa era mi deporte favorito: me podía pasar
horas sin moverme pendiente de cada movimiento de tu pelo. Tenerte cerca era el
mayor regalo del mundo.... Y oírte hablar de lo que fuera, y oler tu perfume
cuando pasabas... Toda tú eras magia. Eras mi diosa.
Pero, como todos los soberbios dioses, yo solo era otro de los muchos
mortales que te adoraban. Y, ¡no me extraña!, porque lo tenías todo: belleza,
juventud, poder... Pero la belleza y la juventud pasan con los años, el poder
se pierde y la admiración (como la deidad), desaparece al crecer y hacernos mortales.
Diosa mía, nunca supiste el poder que esos ojos tristes te otorgaban, ni
creo que te llegases si quiera a imaginar el tipo de poder que ejercías toda tú
sobre mí, que te habría dado mi vida gustosa aun sabiendo que la hubieras
destrozado... Ni te imaginas las veces que le pedí al cielo cambiar mi vida por
la de tu padre y ser yo la que enfermarse con tal de que tu vida siguiera igual,
de que no derramases ninguna lágrima más.
Y no, lo que sentía por ti nunca fue la calenturienta mente de una
adolescente, que va. De echo, te idolatraba tantísimo que para mí eran pecado
esos sueños dónde te desnudaba y recorría cada rincón de tu cuerpo... Eran muy
escasos porque me castigaba por semejante atrocidad. Pero, ¿Cómo se iba a fijar
una diosa en un insecto?
Y pasamos por lo menos cinco años así: tú, inconsciente de ser mi diosa y
yo, idolatrando cada mirada, cada movimiento y cada milímetro de tu ser.
Incluso te hacía mis ofrendas: cumpleaños planeados meses antes y al detalle
para hacerte sonreír, recreos dedicados a ti, detalles por qué sí, cartas, un
libro entero de poesías contigo por musa, otro entero de textos dónde te
cambiaba el nombre pero te confesaba mi amor... Todo era poco para ti. Cómo
pago siempre obtenía una sonrisa que para mí era más que mil diamantes:
Una diosa se merece siempre lo mejor por derecho divino y sus siervos se
lo dan todo sin pedir nada.
Pero no era mi caso del todo. Con el tiempo, no siempre me conformaba con el
pago de tu sonrisa (sobre todo en los últimos años). A veces esperaba un abrazo
por lo menos o algún detalle así, que en ninguno de aquellos cinco años, llegó.
Lo mejor de todo esto es que, como buena diosa que eras, cuando empezaba a
perder mi fe, aparecías con un detalle tonto que me daba esperanzas y me hacía
volver a venerarte: Una flexo, unas planchas del pelo y un colgante son todo lo
material que guardo de ti... Y me supieron tan a gloria aquellas cosas
materiales, que supongo que bastaron como premio a mi ofrenda diaria. Aunque,
sin duda, el mejor regalo (y el mejor día de mi vida) fue el día que viniste a
mi casa a celebrar tu cumpleaños. Fue indescriptible... Cómo cuando a los
seguidores de otro dios presencian un milagro, o como conocer a tu ídolo o...
No sé, no había palabras, solo dicha. Porque yo tampoco era digna de que entraras
en mí casa, pero una palabra tuya bastaba para sanarme.
Y, claro, a nadie se le escapaba el hecho de que estaba loca por ti. Hasta
tus compañeros se reían de mí... Otros incluso intentaban convencerme de tu
oscuridad (no eras muy popular para según quién)... ¡¡Pobres paganos ilusos!!
¿acaso creían que no veía también tu lado más oscuro? Era perfectamente
consciente de él porque te esforzabas tanto por esconderlo que lo hacías
brillar en fosforito. Pero no. Nada, absolutamente nada, apagaría jamás mi
devoción por ti, hasta tus errores y defectos, eran preciosamente sagrados.
Lo curioso de esto es que, por muchos años que han pasado sigo sintiendo por
ti esa misma sensación de ser un bicho al lado de un dios. Pero no, no nos
engañemos, ahora he crecido: mi concepto del amor es otro distinto al de
entonces, tengo otra autoestima, más madurez y mucha de tu oscuridad. Mi
corazón ya no es tan fácil de impresionar, por mi cama han pasado demasiadas
mujeres y ya no idolatro ni creo en ningún dios... En realidad, creo que no
idolatro nada: ni dioses ni humanos. Quizá pusiste el listón muy alto, pero soy
perfectamente consciente de que, como explícitamente no diste pie a nada,
supongo que la culpa fue solo mía. Aunque, hay que reconocer que tú manera de
desaparecer de mi mundo fue una gran putada... Por mucho que a través de tu
propio miedo quisiera justificarte, lo cierto es que tras tantos años haciendo
acopio de valor para decirte lo que sentía, cuando por fin te lo escribí, sin
darme opción a cruzar ninguna palabra, desapareciste. Esperaba más madurez por tu parte, fue una putada si. Y lo
sigue siendo, porque han pasado más de 10 años ya, y este tema siempre ha sido
tabú entre nosotras hasta un punto que me da qué pensar a veces.... Pero no, no puede ser, una diosa no se fijaría jamás en un bicho, ¿no?
Y me dejaste tan rota… Hay personas que matan el dolor con litros de
alcohol. Yo lo diluí entre tiempo y justificaciones de cosas que, en verdad, no tenían
justificación... Y fue ahí donde, mi queridísima diosa, pasaste a ser tan
mortal como yo: no es que te cayeses del pedestal donde te idolatraba, es que
el pedestal se hizo inalcanzable para ti. Ahora eras una mortal a la que el
miedo había hecho cobarde. Incapaz de enfrentarse a una niña enamorada... O
quizá, incapaz de enfrentarse a si misma. Solo tú podrás resolver eso.
En cualquier caso, fue una putada y, aún hoy hay cosas que escuecen si miro
atrás.
Pero, es curioso como tantos años después, aún sabiéndote ya tan mortal como
yo, y aun estando tan lejos de ese pedestal, sigo sintiéndome tan
insignificante a tu lado... Espero que por la costumbre de tantos años siendo
diosa el no saberte ver mortal ahora... Como mirar toda la vida con unas gafas
sucias, cuando cambias de gafas, lo nuevo y extraño que es el mundo… pero no es
el mundo el que ha cambiado, él siempre había sido el mismo.
Costumbre, sin duda.
Querida diosa de otro tiempo:
Me alegra ver, ahora que apareces, que no has cambiado nada. Que conservas
intacta tu oscuridad, tu hermetismo y esas ínfulas de diosa todopoderosa...
Como una actriz que fue famosa hace años, pero que está venida a menos, aunque
sigue conservando la soberbia de entonces. (Entiéndase por soberbia la creencia
de ser un ser superior, digno de admirar).
Noooo... Eso no era una crítica. Precisamente yo te nombré mi diosa aun sabiendo todo eso, te di tú poder y mi corazón, y me hice un insecto espectador
de tu grandeza. Amaba tu oscuridad tanto, que quise volverme oscura yo también…
quizá lo conseguí. Te amaba como una polilla ama la luz: igual de destructivamente.
Y, sin embargo, me diste tantas cosas bonitas que soy incapaz de sentir por
ti otra cosa que no sea gratitud.
Contigo descubrí lo que era amar a alguien así: tan insana y profundamente.
Aprendí a tener paciencia (en todos los aspectos de la vida), a ser meticulosa
y detallista, a limpiarme los mocos y seguir adelante, a priorizar (aunque es
ahora cuando estoy aprendiendo a priorizarme a mi) ... Y me di cuenta que en mi
orientación, como tantas otras cosas, la brújula señalaba hacia otro lado.
Pero si hay algo que de verdad aprendí fue la humanidad que hay detrás de lo
divino y viceversa, y lo hermoso que es ese instante donde un dios se vuelve
humano y un humano hace cosas divinas (porque, como ya te he dicho, no creo ya
en deidades). Si lo miras desde los ojos del dios o el ciego seguidor, ver a un dios hacerse mortal
es decepcionante, frustrante y te deja una sensación muy fea con sabor a
desconcierto.
Pero si ves esa transformación desde los ojos del insecto que yo un día
también fui, ver a un dios transformarse en hombre es entender que no hay nada
más grande que uno mismo, que todo dios es humano, que todo lo perfecto también
tiene errores. Es entender que no hay blanco sin negro, grande sin pequeño ni
dios sin hombre. Y que cualquier mortal puede llegar a ser un dios y cualquier
gusano, mariposa.
Fue hermoso como pocas cosas en la vida. Y tú hiciste eso, aunque para mi
bajaste un eslabón, te convertiste en esperanza.
Así es que, querida diosa de antaño, tu sabor sigue siendo agridulce. Un
poco agrio para mi memoria y muy dulce si lo miro ahora, en retrospectiva.
Y yo, por mi parte, pasé de insecto mortal a estar ahora en
la escuela de diosas, donde enseñan que está bien esto de agradecer lo bueno de
la vida. También enseñan cómo hacerse magia y hacerla con pequeñas cosas, a desprenderse de las
cargas negativas, a tener ese brillo propio de diosa, y a volar… entre otras muchas
cosas. Espero no desvirtuar ninguna de esas enseñanzas y ser una diosa de verdad,
de las que brilla en fosforito subrayador. Una diosa subrayada en mayúsculas,
no una oscura, como un día lo fuiste tú.