Nunca pude ser una niña normal. Hubo demasiados monstruos en mi vida incluso antes de nacer, pero el tuyo fue sin duda el peor de todos.
Si me paro a pensar, puedo incluso ir al momento donde me lo presentaste. Donde cogiste mi mano entre el alboroto de los adultos, me hiciste sacar dos dedos y me dijiste "¿Ves? Esto es". Y ahí apareció por primera vez, el mayor enemigo de mi historia.
Ese día fuimos formalmente presentados.
Era demasiado pequeña para entender lo que ese monstruo venía a decirme o a quien me estabas presentando...
O quizás los mayores no sabían explicarme, o les podía el miedo, o era demasiado complicado... ¿Cómo explicar algo así a un niño? Qué más da ya... Aunque lo cierto es que esa niña ya entendía más de lo que le tocaba saber.
Y ahí estaba, viendo día a día con máxima impotencia, a quien más quería en el mundo, yéndose, desapareciendo poco a poco, comida por otro monstruo más fuerte que los mios.
Aunque el suyo se quedaría poco tiempo, el tiempo suficiente para arrasar varios mundos enteros.
Mi monstruo, por el contrario, se quedaría para siempre. Nunca se irá. Incluso ahora, de mayor, sigue aquí... solo que ahora ya nos hemos cogido cariño y somos buenos compañeros. Casi parece que, la mayor parte del tiempo, nos entendemos.
Y aún recuerdo esa tarde donde me contaste lo bonita que era la vida mientras veíamos a La Campos en Tele 5, las ganas de quedarte y conocer qué clase de personas serían tus hijos, me hablaste de tu primer amor, de tus libretas de poesías y escritos, me abrazaste como nunca y me dijiste que siempre fuera yo. Que estabas orgullosa de mi. Recuerdo como me pediste un folio y un lápiz de la mesa del salón y me enseñaste a dibujar rosas, para que siempre que dibujase alguna, me acordase de ti.
...
Esa fue nuestra despedida supongo. Nuestra última tarde de magia juntas... Ya nunca hubo más, pero siguen habiendo rosas y a veces, incluso magia.
Te vi llorar, reír, desear vivir, pedir que acabase ya y otras tantas cosas que pasaban en tus ojos, mientras nadie reparaba en mi: como los mayores pensaban que no lo entendía, me hice invisible a sus ojos. No existía. En realidad, en mi mundo, en el de todos, sólo existía tu monstruo. Lo llenaba todo.
Pero para ti no fui nunca invisible, siempre me hablabas como si lo entendiera todo o algún día fuera a entenderlo, y lo entendía créeme, aunque con los años se entienden las cosas de distinta forma.
Te vi perder la batalla, romperte, y convertirte en algo que no eras.
Con mis doce, no supe estar a la altura y no quise despedirme de ti: en lugar de verte morir, me fui de fiesta. Paradójico.
Y quizá fuera hasta mejor así.
Aunque no despedirme de ti aquella noche y la culpa de no haberte dicho lo mucho que te quería ha sido una cadena pesada durante años, hasta que entendí que tú ya sabías eso y mucho más.
Y te fuiste. Ese monstruo te arrastró con el.
Aún recuerdo perfectamente esa noche. Hasta conservo la ropa que llevaba puesta.
El agujero tan grande que dejaste dentro de mi, me desbordaba por fuera... Aún hoy, si te asomas dentro de mi alma, puede verse. Se hizo pequeño, pero sigue siendo igual de profundo.
Y me enseñaste tantas cosas, que a día de hoy, pasados tantos años ya, aún me ayudan a ser la persona que se que te haría sentir orgullosa.
Dejaste un poco de tu magia... A veces incluso te veo en pequeños detalles que para el resto pasan desapercibidos.
Se que eres tu.
Y hoy, como tantas otras veces, te digo lo que aquella noche no pude: un te quiero que va en mi ADN y siempre será agridulce.
.
.
.
.
.
.
A veces, sigo dibujando rosas rojas