Te
conocí hace ya seis años, a mis dieciséis. Y compartimos trabajo y día a día,
todos los veranos durante los tres primeros años.
Luego me marché dos años
fuera, lejos de aquello que nos unía, para volver este, mi cuarto año. ya junto a tí.
Y,
después de haber muerto ya dos años lejos de ese lugar, siento que el tiempo no ha pasado. Que aquel
pequeño infierno perdido en medio de extraños y entremezclados olores, polvo,
sudor, carreras y prisas de once horas diarias, no ha cambiado en absoluto y,
estando tú, todo se hace más llevadero.
Con tus gritos, tus toscas maneras en
todo… siendo tan diferente a todo lo que me ha gustado siempre o ha ido en el
estilo de mis conquistas… me pregunto ¿Qué veo en ti?
Sonries y no se estar seria.
Trabajamos
codo con codo, nos cruzamos cientos de veces en tan solo una mañana y jamás
llegamos a mantener más de un segundo nuestras miradas.
Pero
cuando notas que estoy seria o triste me hablas con condescendencia, con tu
mejor voz… Que, conociéndote, sé que es un privilegio tan grande como el sol.
Sé que
no va a pasar nada. Tampoco te veo de esa manera. Esto es como un amor sin
pasión: Sentir algo sin llegar a arriesgar nada, ni si quiera un pedacito de
corazón.
Y, año
tras año, sigues allí. Haciendo de un infierno, un sitio más alegre, más ameno…
más bonito.

No hay comentarios:
Publicar un comentario