Caminamos
por la vida solos. Y encontrando a nuestro paso experiencias y personas que,
con lo bueno y malo que nos dan, aportan su pequeño arbolito al paisaje de
nuestra vida. Caminamos solos con nuestra mochila personal a cuestas. Una carga
que hace nuestro camino circunstancialmente pesado o liviano. Nosotros y
nuestra mochila de circunstancias.
Hay
quien corre este camino sin darse cuenta que lo importante es disfrutar de los
momentos que nos ofrece el paisaje: sus claros, sus tormentas, sus arcoíris,
sus días de sol, sus días grises, de cada gota de lluvia… Otros andan más
tranquilos parándose a disfrutar de cada pequeño detalle, de cada pequeña
forma, de cada color… Disfrutar de lo bueno y de lo malo.
Unas
veces nuestros pasos son seguros, otras veces más etéreos. Unas, pasos solo y,
otras veces, van sincronizados con cada latido de un corazón. A veces incluso,
cuando nuestra mochila se hace muy pesada o el camino muy empinado, necesitamos
que nos cojan de la mano y tiren de nosotros para ayudarnos a caminar. Pero lo
que es cierto es que nunca dejamos de andar este camino… hasta que el viaje
termina.
Y
durante todo ese trayecto somos prisioneros de las elecciones sobre el sendero
que tomamos ahora, sobre por donde seguir haciendo NUESTRA carretera particular.
Miramos ese futuro camino que nos queda por andar e intentamos preverlo, hacer
elecciones pensando en que las consecuencias serán lejanas en el tiempo, pero
ese futuro siempre llega.
Llega
un momento en la vida en el que tus elecciones pasadas se vuelven realidades presentes.
Hoy es uno de esos días.
Hoy me
toca elegir entre dos senderos y, por desgracia, no puedo elegir andarlos los
dos a la vez.
Toca hacer elecciones siendo un poco inconsciente del precio que
me tocará pagar en ese futuro que ahora veo tan lejano aún.
Pero me
quedo con mis paisajes… Con mi realidad, contigo, con esta mochila llena de
momentos.
Porque
al final el camino solo es tierra y lo que importa es lo bonito que sea el
paisaje, las veces que tu corazón se emocionó.

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