Nuestra aún corta historia comenzó por casualidad (como
siempre comienzan las buenas historias), en un saludo extraño porque tu cara me
era familiar: te había visto en alguna parte y quería averiguar de qué te
conocía.
Es curioso como el destino puede juntar dos caminos a veces.
Desde ese día comenzamos a hablar a diario, y cada vez nos
gustaba más hacerlo. Un 5 de Abril nos conocimos en persona en la playa… ¿Qué
lugar mejor para una primera cita? (aunque entonces no sabíamos que lo era),
pero no, nuestro día no terminó ahí, para rematarlo y hacer la cita tan
perfecta, una de bolos, helado, billares y muchas risas… y un atardecer camino
a casa que se hizo noche.
Según tus amigas teníamos mucha química y yo pensaba que esto
no tenía ningún futuro, que de ninguna manera quería tener nada con nadie y
menos cuando en unos días me iría a otro país tan lejos. Mi decisión era firme
y clara: “esto es un juego que termina el día 20 y hasta donde llegue entonces
ha llegado” y tú estabas de acuerdo.
Comenzaron entonces mis visitas días si, día no, a Murcia y
tú, aún sin dormir (por culpa de tu trabajo), no desaprovechabas ni un momento
para estar conmigo. Pasamos esos días conociéndonos un poco más la una a la
otra y, con la vergüenza de unas niñas de 15 años, nos sonreíamos y mirábamos
sin atrevernos si quiera a rozarnos.
Pero llegó el día de nuestra despedida. Ese día hasta me
acompañaste cuando entré a quirófano para que fuera a ti la primera que viera
al abrir los ojos, al despertar. Ese gesto me pareció tan bonito que empezaron
a temblar los cimientos de mi, hasta entonces firme, decisión. Pasamos un día
estupendo en compañía de tu amiga y mis niñas de Murcia, tanto, que no podía
terminar nuestra despedida de otra manera que no fuera así: siendo por fin mi
cuerpo tuyo y el tuyo mío (nunca hubo despedida mejor que esa).
… y el momento de irme de verdad se hizo presente, pero
nunca fuimos capaces de separar nuestros caminos, ni si quiera por un momento.
Te quedaste a luchar por mí, por mi corazón entonces dividido. Y yo, a tantos
kilómetros de ti, empecé a valorar esos pequeños detalles de nuestro día a día.
Creo que, si me hubiera quedado, no habríamos dado tiempo a
conocernos así, como ahora nos conocemos. Creo que nos habríamos perdido cosas
la una de la otra por la prisa que tiene a veces la carne.
Ahora sé que me quieres, nunca en toda mi vida he estado tan
segura de que otra persona sienta eso por mí. Nunca lo he tenido tan claro, sin
si quiera una pequeña duda, lo sé, me quieres.
¿Qué si te quiero yo? Creo que cada noche queda claro solo
con esa forma que tengo de mirarte. Porque, aunque decir un “te quiero” pueda
ser la mentira más dolorosa del mundo, yo ya sabes que no se decir algo que no
sienta, y en cada conversación que tenemos, cada día, y cada noche, no puedo
dejar de decírtelo… de sentirme así, tan llena de felicidad cuando te miro que
sonrío sin poderlo evitar (y tú siempre me preguntas por qué lo hago).
Por todo eso y todas las ansias que tengo de que esto salga
bien, de que nunca se me acaben las ganas de tenerte solo para mí, de que nunca
dejes de mirarme así (con esa cara de tonta de la que tantas veces me he reído
pero que me encanta), de no cansarnos nunca de decirnos te quiero, ni de
mirarnos durante tanto rato sin decirnos nada, solo sonreír, de que me enfade y
me hagas reír para que se me pase… Quiero seguir llamándote “tonta” toda mi
vida y, pasito a paso, empezar esto contigo, que aún es pequeñito, pero fuerte
a la vez. Quizá no seamos la pareja perfecta a la vista del mundo, pero yo quiero
empezar un mundo contigo y ser yo también tu mundo.
Quiero dar este pequeño paso hacia ti, hacia lo que quiero,
hacia un “nuestro” futuro juntas (que espero impaciente, construyendo mientras,
estos cimientos que espero que sean tan fuertes para aguantarnos todo lo malo,
a tu lado)… Te quiero mi tonta ¿Quieres formalizarlo ya de una vez?, ¿Quieres
ser mi novia?

No hay comentarios:
Publicar un comentario