Mis lágrimas del corazón y otras paranoias

jueves, 2 de abril de 2020

Pequeña de las dudas infinitas


          Hay personas que aparecen en tu vida cuando no las buscabas, cuando ni tú sabias que las necesitabas. Aparecen y le dan la vuelta a tu mundo. Al principio, las miras con desconfianza, con ese aire de “ya no creo en el amor”, pero, cuando te das cuenta, no quieres perderte ni un momento más de su vida. Parece que todo lo pasado, lo sufrido, las veces que te han roto el corazón, ahora tiene sentido… aunque sientas que ahora nada lo tenga.

          Hay personas que te rompen los esquemas, que hacen que incumplas las promesas que te hiciste una vez, que son hielo y fuego… o quizá solo un corazón roto, esperando amor incondicional, y por las que harías cualquier cosa con tal de verlas sonreír.

          Y ella es todo eso y más. Mi niña grande o, como diría la canción mi “Pequeña de las dudas infinitas”. La mujer de la risa difícil, pero de la sonrisa más bonita del universo (y lo enorme que me siento cuando la miro y sé que sonríe gracias a mis idioteces, a mí).

          Me ha enamorado así, tan profunda en su oscuridad, y yo, adoro encontrarla ahí, recogerla en un abrazo o ir diciéndole idioteces mientras la hago sonreír y olvidar lo malo del día: “ya terminó, ahora estás conmigo”.

          Tan indecisa, tan rota, tan sombría. Tan humanamente hermosa y perfecta. La miro muchas veces y pienso en qué clase de persona sería sin todos esos fantasmas, “Si me tiene así de enamorada solo viendo su peor parte, ¿cómo será cuando vea la mejor?” Esa que a veces asoma pero, rápidamente esconde por miedo a que la descubra siendo débil y sea, quizá, otra de esas que le rompan el corazón. Y vuelve a ponerse su armadura, a llenarse de fantasmas, y a sumergirse en su mar de dudas. Pero ahí sigo yo, dispuesta a no soltarla, a bucear en sus dudas hasta quedarme sin aire.

            A veces se enfada, y solo me sale poner una cara de tonta y media sonrisa disimulada, mientras pienso lo bonita que está enfadada, toda llena de razones y de orgullo ella, y que a mí me da igual llevar razón o no, que solo quiero darle besos hasta que se olvide de porqué lo estaba.

            Ella es ese frasco casi vacío de colonia cuyo perfume me da paz, me calma, y que nunca borraría de mi casa ni de mi cama. El beso y la boca que nunca me canso hacer mía, el cuerpo desnudo que nunca dejo de mirar como si fuera la primera vez (aunque ya conozca cada centímetro su piel). La cucharita. La mano en la teta para poder dormir. Su pierna apenas por encima de mí y oírla respirar a mi espalda. Dormiría toda la vida oyéndola roncar porque me encanta tenerla así de cerca. Que me despierte con un beso antes de irse… Eso solo puede ser superado con despertarme a su lado un día de asueto para mirarla dormir y despertarla a besos.

          Ocupa mi mente todo el tiempo y paso los días tachando los que faltan para verla, para tenerla sólo para mí. Y, cuando no está, cuando estamos mal, pararía todo mi mundo para ir a buscarla, para abrazarla y decirle que estoy aquí, que la quiero cada día un poquito más, a pesar de todo y la distancia. Que tengo claro por primera vez en mi vida que la distancia no es un problema, que no hay nadie más. Que ella es con quien quiero estar… 

Si pudieras ver dentro de mí… 





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