Y, como por arte de magia, vuelvo a creer en los milagros…
Porque ha sido un milagro volver a tenerte en mi vida, aunque sea así, tan cerca
y tan lejos a la vez.
Ojalá nunca sepas la verdad de aquellos días y te quedes solamente con las mentiras que te hicieron odiarme así, tanto como para romper la promesa que nos hicimos y sacarme de tu vida. Nunca tuve la oportunidad
de defenderme de todo lo que se me acusó. Eso me dolió mas que nada. Pero, ¿De que serviría? Es un hecho
que me has odiado durante tanto tiempo que ya la costumbre es más fuerte que
cualquier otra cosa. Y, por mucho que me encantaría cambiar el modo en que
decidiste creer en otros y no creer en la persona que conociste durante dos
años, el hecho es que yo también decidí recorrer el mismo camino… aunque, con
el tiempo, supe ver que esa que otros me describían no eras tú, no era quien yo había conocido durante dos años, y retrocedí… Pero ya era demasiado tarde: el daño estaba hecho y no se podía remediar.
Ojalá nunca llegues a saber que lo único que a fecha de hoy no soy capaz de
perdonarme es el haberte hecho tanto daño. Que aun hoy, pasados ya más de cinco
años, se me parte el alma por haberte dejado aquella noche así, sentada en el
suelo de la galería llorando con ese gesto de estar rota. Aunque puede que tú
un día llegues a perdonármelo, jamás lo olvidaré y jamás me lo perdonaré.
Ojalá nunca sepas lo mucho que me destrozaste también tú, ni
lo mal que lo pasé hasta hace unos meses con el tema de las niñas (me mataste,
en serio)… pero nunca te he guardado rencor más allá de aquellas primeras
semanas en que nos destrozamos mutuamente. Que todo aquel dolor que sentía por ti,
se fue. Que nunca fui capaz de retenerlo dentro de mi, porque te he querido
tantísimo que jamás pude sentir por ti otra cosa que no fuera eso: un inmenso
cariño, que es lo que ahora siento.
Ojalá no sepas jamás que, en el momento que te volví a ver,
mi corazón explotó en fuegos artificiales saliéndoseme del pecho. Ni tampoco
sepas cuanto había soñado con volver a verte de nuevo… aunque fuera de lejos y
solo un segundo. Ni las veces que te busqué en aquellos sitios donde nunca
estabas. Solo quería saber que estabas bien. Cruzarme contigo una fracción de
segundo en un semáforo y, ni si quiera necesitaba verte sonreír, solo verte
camino a alguna parte… pero nunca pasó en todos esos años. Hasta que una noche te vi pasar de la mano de quien hoy es tu amor y, aunque mi primera reacción fue una mezcla de rabia y dolor, te vi bien, feliz... y eso bastó para mi.
Ojalá nunca sepas con que ternura aún te miran mis ojos ni
lo importante que eres para mí a día de hoy… y que lo serás siempre. Ni que nunca
sepas todo lo que has significado en mi vida… lo que aún representas. El amor
infinito con el que siempre te miraré… pero no, no esa clase de amor que tuvimos
y no supimos cuidar (quizá también porque no era el momento correcto), esto que siento es otra clase de amor. Un amor desde el
respeto, desde lo que fue y terminó. Un amor de ese que se enorgullece con tus
pequeñas victorias y, desde la distancia más dolorosa, me parte en dos con tus caídas. Y
pienso en lo mucho que me gustaría estar ahí para apoyarte en todo, para
cuidarte como se cuida algo bonito, para ayudarte a levantarte o hacer tu caída
menos dura… Y, aunque me frustra no poder estar y ser esas grandes amigas que
un día fuimos, me alegro de que no estés sola, de que tu corazón esté ocupado
por una persona que si sabe hacerte feliz, que es tu sonrisa y tu gran amor. Te
hace feliz y está a tu lado, para mí, solo con lo primero, ya la convierte en
una gran mujer. Tenéis suerte de teneros, igual que yo de tener a mi mujer.
No quiero pensar que no supimos hacerlo bien, quiero pensar
que quizá no estábamos preparadas la una para la otra. Que aun teníamos mucho
que vivir y crecer, y fuimos eso: un paso hacia la
felicidad, un paso hacia delante en la vida, una enseñanza dura pero de la que
(al menos yo), saqué muchas cosas muy bonitas.
Yo también tengo suerte, y no solo por Vanessa, también
porque, aunque sea tan en la distancia (y no hablo de distancia física), desde
mi apartada cercanía, vuelvo a tenerte en mi vida y, aunque para mi no sea
perfecto, me conformo con poderte disfrutar los pequeños ratos donde se te
olvidan los recelos, dejas de tirarme puntillas y eres tu misma… aunque se que tu no sientes lo mismo y que
verme tiene que ser para ti un poco desagradable. Siento ser egoísta otra vez,
pero, ahora que te he recuperado un poco, espero no volver a perderte de nuevo.
Me hace falta saber que estás bien… que eres feliz. Porque saberlo también me
hace feliz a mí.
Y, ¿sabes lo más triste de todo? Que verte bien a mí me
alegra el día, la semana… Pero para ti, ahora solo soy la invisible novia de tu
amiga. Una molestia a veces, alguien a quien evitar o seguir juzgando, mientras
yo te sigo mirando como un niño pequeño mira la Luna. Y no puedo culparte: Cada
uno tenemos nuestros límites y hay cosas que no todo el mundo puede perdonar.
Se lo mucho que la cagué y, te repito, jamás me perdonaré el haberte roto
tanto.
En mi caso, a pesar de todo, eres y siempre serás tantas
cosas para mí como recuerdos guardo. Tan especial como los grandes amores
siempre son y sé que, aunque la vida te vuelva a llevar lejos de mí, lo
que siento no cambiará. Que siempre serás
uno de esos grandes amores que nos marcan de por vida. Y decirte (aunque sé que
nunca leerás esto y ya de igual), que estoy muy orgullosa de la mujer que eres
(tan diferente a aquella que una noche vieja cenó conmigo por primera vez), que
siempre irás conmigo, en mi corazón, no importa cuántas lanzas envenenadas
sigas lanzándome, las resistiré. Que, si decides confiar en mí, nunca volveré a
soltar tu mano. Y que si decides marcharte, no importará jamás el tiempo que
pase… meses… años… da igual, SIEMPRE ESTARÉ, tal como te prometí, tal como
siento en mi corazón.
Me llenas siempre de cosas tan bonitas que, llenarte de tantas cosas tristes a ti, duele demasiado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario