Las
prisas, precipitando hasta nuestros momentos a solas sin dejarnos disfrutar
plenamente de ese poquito de supuesta soledad.
Los
amigos, familia y demás compromisos que nos hacen estar para todos menos para nosotros
mismos.
Las
noches con demasiado cansancio acumulado de tanta espantada diaria como para
pararnos si quiera a reflexionar en lo positivo del día, ni en lo bonito, ni en nada... y las prisas, ya antes de dormir, por
organizar las carreras que nos tocan mañana.
Y
despertarse para volver a empezar una maratón contra nosotros mismos: vivimos
en un correteo continuo hacia ningún lado, sin darnos cuenta del galopar del
tiempo día tras día arrastrándonos con cada latido del reloj.
Existimos
entre prisas olvidando que realmente estamos aquí para VIVIR.
Para
llorar cuando lo necesitemos, no cuando podamos.
Para
reír cuando nos apetezca, no cuando debamos.
Para volar
con nuestra imaginación tanto como queramos, sin que nadie nos ponga muros.
Para
soñar tanto como nuestras alas quieran sin tener que depender del vuelo o el
permiso de otras alas.
Para
tener nuestros ratos a solas y disfrutar de nosotros mismos, que desaparecen al
final del día, con cada carrera.
Pero parece
que es de locos pararse a apreciar la lluvia caer o sentir ese olor a tierra
mojada que tanto adoramos muchos.
… y a
estas carreras diarias que tan ciega y convencionalmente seguimos, le llamamos
nuestra feliz vida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario