Este año comenzó con la pena del inminente abandono de tierras de paraíso para volver a mi vida real. Comenzó llevándose una parte importante de mi corazón tan lejos, que por mucho que hubiese gritado, nunca me habría oído. Comencé mis 21 años con el corazón roto.
Empecé la universidad… Recuerdo aun esa mezcla extraña de miedo y retos nuevos, que para mi suponían una ilusión renovada por todo.
Al llegar a la universidad recuerdo que pensé que no estaría sola, que los primeros días andaría casi de la mano de Naira y Laura y, posteriormente, seguro que haría mis propios amigos. Como el bus siempre llegaba antes decidí llevarme las cartas de UNO para jugar con Naira y el resto de compañeros que, como yo, llegaban antes a clase. Así fue como comenzó mi vida social. Pasé de ser una más a ser una de las más populares de la clase. Sin esfuerzo me vi en medio de todos los grupos que posteriormente se formaron y eso me gustaba.
Hice mejor amistad con algunas personas como Alicia, Susana, Ana, Azahara y Yolanda. Sobre todo estas tres últimas se convirtieron en mis mejores confidentes. La amistad con Yolanda fue fraguando: ella me hablaba de su amor, yo le hablaba de la mitad de mi corazón que ahora vivía a millones de kilómetros de allí, en Puerto Rico, pasábamos noche hasta las tantas hablando y montando los cimientos de esta amistad que aun hoy dura… aun no sabía lo importante que sería durante este año para mí.
Recuerdo el día que todo pasó. Fue durante la Bienvenida universitaria (o “BUM”) cuando, ya siendo medio amigas la vi aparecer en la acera de enfrente dispuesta a cruzar hacia mí. Recuerdo muy bien lo que llevaba puesto, recuerdo su pelo, y que todo se paró en seco mientras ella cruzaba aquel paso de peatones que ahora siempre me llevará a aquel día de regreso.
Eras lo más bonito que jamás había visto. Recuerdo que sentí una sensación extraña. Como una fuerza que hacía que no pudiera dejar de mirarla y de querer estar con ella. Y así fue, durante todo el día no nos separamos. Fue una bonita forma de enamorarse de alguien aunque, realmente, yo no quisiera enamorarme de ella y, al principio, me costó reconocer la falta que me hacía tan solo mirarla.
Pasaron los días nuestra amistad fue creciendo y mi amor triplicó en tamaño a dicha amistad. Pero lo nuestro no podía ser asique me dediqué a ser la mejor amiga que podía ser sin dejar de amarla no tan en silencio como me hubiese gustado.
Mis amigos y compañeros me decían que la dejara, que era imposible, que jamás la conseguiría… ella me decía que jamás podría pasar nada entre nosotras… nunca fui de rendirme. Perseveré en mi amor y, una tarde, en una de las fiestas de la universidad llegó nuestro primer beso en un aseo. Jamás me hubiese creído aquello si alguien me lo hubiese contado. ¡Era mía!, ¡la princesa de mi cuento por fin era real!
Pasamos un tiempo entre escapadas para comernos a besos y discusiones sobre nuestras inseguridades. Al final, terminé perdiendo ese pequeño trozo de paraíso en manos de la legítima dueña de su corazón. Pero nos seguía uniendo la amistad y este tan aun infinito amor mío… hasta ahora.
Llegando el verano, comencé a trabajar en un hotel de Los Alcázares como controladora de seguridad por la noche. Mi jornada era de diez de la noche a seis de la mañana, pero siempre salía un rato después puesto que regresaba en bus y el bus salía a las siete y cuarto. En ese trabajo conocí a Julia, lo más parecido a un amor de verano. Julia era perfecta: me entendía, entendía mi amor por Yolanda, comprendía mis silencios, sabía lo que escondía tras una mirada, era trabajadora, preciosa y muy lista. Y estaba locamente enamorada de mí y yo creía que ella sería el motivo por el cual pudiera empezar a ver a Yolanda como solo amigas. Nos fue bien durante el verano. Pasé a ser la otra mamá de su hijo Nicolae, de cuatro años. Él me adoraba y yo estaba enamorada de aquel pequeñajo. Pero, como siempre en mis cuentos, Julia se marchó. Un tumor maligno en su pecho la obligó a regresarse a Rusia. El final del verano se volvió una pesadilla sin ella.
Este año ha sido algo inesperado y lleno de nuevos retos y oportunidades. No ha tenido grandes tragedias aunque si alguna pérdida importante como Julia e Isa (la madre de mi amiga Irina). Pero si ha estado lleno de amor. Un amor que no sabía que se podía sentir así. Un amor tan profundo que, por mucho que he intentado olvidarlo, se alimenta de mi olvido y crece aun más. Un amor incorrespondido pero no por ello menos perfecto y real. Este ha sido un año lleno de amor, de luchas por amor, de peleas y reconciliaciones.

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