La luna sabía hoy lo que se avecinaba, pero ella es orgullosa reina de su cielo y, amarilla de celos, ha hinchado su cara para poder ver bien el declive del rey sol.
Los pájaros no quieren volar hoy y, en sus salvos nidos, enmudecen sus cantos al despertar tímida esta mañana.
Las nubes están de luto dividido: unas lloran maldiciendo ante tal oscuridad y otras, se arrepienten de haber dejado que, otra vez más, el sol las enamorara.
Los árboles se ponen tristes y sus hojas comienzan su suicidio anual… el viento corre desesperado gritando y golpeando furioso todo lo que encuentra a su paso.
Los pequeños rallos del que fue un poderoso y deslumbrante sol, ahora se derriten entre las nubes y caen a la tierra amarillos, rotos y apenas sin vida: El verano está triste y cansado y ha decidido marcharse una temporada.
La gente viste una mueca donde antes había una sonrisa y ropa larga y triste: el verano agoniza enfermo de amor.
...Yo, simplemente miro al cielo y comprendo ese dolor… ¡Pobre verano! Condenado a vagar año tras año con el corazón roto... Quizá solo necesite un abrazo: Sentir que, en nuestra soledad, hay alguien con él. Unos ojos que le digan: “¡Ey!, puedes quedarte conmigo... ¡no vagues mas!”.
…Quizá debería dejar de hablar de mí en tercera persona… Lo cierto es que… ¡Nunca me gustó el fin del verano!

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