No tengo muy claro esta sensación de felicidad a medias que siento. Aquí, lejos de todo y todos, en una pequeña habitación a millones de kilómetros de mi casa, de mi gente… ¡todo parece perfecto! Incluso creo que empiezo a verlo todo mas claro. Es como la sensación que algunos tienen antes de su cumpleaños: mucha felicidad e ilusión, pero tristeza porque ha pasado otro año que ya nunca volverá… Pues yo me siento mas o menos así: feliz porque no hay nadie a mi alrededor que me diga ni como, ni cuando, ni nada, pero triste a la vez porque echo de menos a amigos y gente querida.
No están muchos de mis fantasmas, ni la mayor de mis pesadillas. Siento que mi vida está como en un paréntesis. Paréntesis bueno, perfecto… Y me da miedo volver a la rutina del día a día, a mis amigos, mi familia, un trabajo… una vida que es la mía pero que a mi no me lo parece. Una vida llena de cosas que me hace sentir vacía.
Pero aquí, lejos de ella, con lo justo para vivir, lo justo para poseer, perdida en medio de tres idiomas, una ciudad enormemente llena de gente ajena a mi, me siento llena de algo inexplicablemente hermoso… ¡Es como si hubiera encontrado mi lugar en el mundo!
Como pasear por la calle siendo consciente de que para nadie eres más que un segundo en una mirada. Pasear sin que a nadie le importe ni a donde vas, ni con quién, ni te juzgue por como vas vestido o por lo que haces… simplemente pasar desapercibida entre las prisas para millones de vidas. Por eso me gustan tanto las ciudades.
Pensar que la vida de los que quieres en la distancia pasa. Que sus vidas avanzan como la tuya y que no eres tan necesaria para nadie. Pensar en la soledad del ser humano y en su necesidad de compartir su camino. Soñar con que, para cuando vuelvas, los pequeños serán grandes y los mayores, sabios. Guardar sus recuerdos en pequeños fragmentos de sonrisa sin tristezas ni melancolías. Ligar tu vida a pequeñas sonrisas que, desde la lejanía, también te sonríen. Por eso me gusta tanto la soledad.
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