Mis lágrimas del corazón y otras paranoias

martes, 28 de abril de 2009

LA IMPORTANCIA DE LOS TROPEZONES

Hay veces que nos sentimos solos, sin ánimo para seguir luchando, sin fuerzas… En esos momentos es cuando la vida pone realmente aprueba nuestra verdadera fortaleza y debemos de responderle en todos los sentidos luchando por aquello que se deseamos y aprendiendo de las derrotas porque, en este juego que es la vida, no podemos ganarle siempre todas las partidas a todo el mundo. Debemos aprender a perder y aprender también de lo perdido levantándonos, por duro que sea el golpe, siempre.

Muchas de las veces el golpe será tal que harán falta otras medidas para poder volver a coger el impulso necesario para levantarnos: unas veces la rabia nos invadirá, otras el veneno del desánimo o la soledad infectará nuestra alma, muchas veces solo necesitaremos desahogarnos y llorar, otras una mano amiga que nos ayude a dibujar nuestra desdibujada realidad…
Pero lo que está claro es que siempre alguna piedra nos hará tropezar en el camino, de hecho de esas piedras es de donde luego más se aprende y son las que nos hacen ser como somos con todas nuestras virtudes y defectos. Pero más que las piedras y los tropiezos en el camino de la vida, lo realmente importante es nuestra reacción ante esas piedras: Cuando somos pequeños, una piedra que nosotros vemos enorme nos hace tropezar y, aunque caigamos, siempre nos levantamos o nos ayudan a levantarnos nuestros familiares. Con forme pasan los años las piedras pasadas nos pareces pequeños e incluso insignificantes tropezones en el camino y, las presentes, enormes. Y también aprendemos a levantarnos relativamente solos la mayoría de las veces.


La cuestión aquí es ver que, lo que ahora nos parece ENORME dentro de unos años nos parecerá un pequeño tropezón. Que según vamos creciendo y superando los obstáculos de la vida estos van aumentando en tamaño hasta llegar a un punto donde nos demos cuenta de que por muy feas que ahora estén las cosas siempre pueden estar mucho peor.

He ahí la sabiduría de nuestros abuelos.

(A Mª José Bolarín “La mamy” con todo mi amor: ¡Te quiero mucho mamy!)

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